martes, 26 de abril de 2011

CASTORA y otros cuentos

Me gustó siempre esa forma que tenía Castora de aplastar a las cucarachas que suben desaprensivas, con pasos lentos y despreocupados, por la pared de tablas del cuchitril donde nos encontrábamos.
A veces, en medio del jadear agitado de la respiración, acelerada ante la proximidad de la culminación del placer, encerrados en la pieza calurosa en verano, que alquilaba Castora, mientras yo trataba de llevar a feliz término ese apremio sexual que a los 18 años sólo se puede calmar con un momento en la cama de una mujer generosa, empapados de sudor, resbaladizos entre tanta humedad de siesta ardiente y olores difusos aposentados en mi nariz desde el momento en que abro la puerta y un hechizo extraño despierta la ansiedad dormida donde se entremezcla el miedo que sentí desde que iniciamos estos encuentros furtivos, cada vez que su novio se ausenta de Pedro Juan y ella aprovecha para entretenerse conmigo a quien, por alguna razón, convirtió en su aprendiz de amante.
Y no me faltaban razones para estar preocupado, ya que las ausencias de Marechal, así se llamaba el tipo, era un pájaro de cuentas, de creer las palabras de Castora y no había una razón para dudar de ellas, cuando salía de Pedro Juan era para cumplir un encargo y el tal encargo consistía en cargarse a alguien, como me explicaba con cierto dejo de orgullo, Castora.
Me distraje pero sigo: Castora no tenía ningún empacho en distraer su atención de esa exaltación de mi clímax, para detener su vaivén urgente y dedicarse concienzudamente a preparar el golpe certero con el cual despanzurrar al desventurado bicho.
Cuando las veía subir, sin dejar de agitarse ni preocuparse del punto de efusión en que yo me encontrara, clava sus ojos en el insecto, toma la punta de la uña de su dedo medio con la yema del pulgar y descarga el golpe mortal que raras veces fallaba y convertía al insecto en una masa marrón y espesa adherida a la pared, mientras las patas se recogen lentamente antes de quedar inmóviles.
Yo le decía entonces “¿le diste?” y ella, con su risa ronca característica, me contestaba “y no lueo…”, para enredarme de nuevo en sus brazos hasta que exhaustos reposamos uno al lado del otro, sudados, agitados y, al menos yo, satisfecho.

En Pedro Juan Caballero, las siestas del verano largas, pesadas, bochornosas, cargadas de un viento norte espeso que no termina nunca crean un agobio casi palpable en la presencia de un sol resplandeciente que se derrama sobre la ciudad, la selva y el valle salpicado de elevaciones rocosas de la cordillera Sarambí, que flanquea el camino arenoso que va desde Yby Yau y donde al otro lado de la alambrada, el ganado, a la sombra de los árboles de enormes copas, que alfombran el paisaje de variado y arrogante verdor, pace con su expresión de anodino desprecio hacia la gente que camina a la vera de la ruta, protegida con el sombrero pirí o alguna sombrilla brillante y hacia los enormes camiones cubiertos con carpas que rugen con el viento que las levanta y aplasta sin sosiego a la vez que sus ruedas remueven el polvo del camino colorado en una vorágine de granos y ramillas secas que los envuelve por un momento en una niebla rojiza que se les adhiere al rostro transpirado, antes de depositarse de nuevo sobre el suelo y el pastizal que, durante la época de sequía, adquiere un color marrón sucio.
La ciudad creció de a poco, no tanto como su vecina Ponta Porá, al otro lado de la frontera seca que con anchor variable separa los dos países, aunque es muy fácil cruzar de uno a otro lado sin dejar rastros, lo que facilitó siempre la presencia de un hampa oscuro y escurridizo de violencia delictiva que no se puede presumir en la vida cotidiana de sus habitantes.
La realidad es que en Pedro Juan Caballero conviven dos mundos, universos que interactúan entre sí y conceden a la ciudad esa fisonomía ambigua que le es propia y trasmite un carácter equívoco a quienes viven en ella y perciben enseguida con cierto asombro no exento de inquietud, los forasteros circunstanciales que por una u otra razón están de paso por Pedro Juan.

Decía que me da gusto ver cómo Castora mata a las cucarachas cuando estamos acostados en elástico estrecho, que nos alberga en la hondonada del medio donde nos obliga a permanecer uno siempre medio encima del otro, pese al calor y el sudor que se desliza por nuestra piel desnuda.
Castora vive en Pedro Juan desde que Marechal la volvió su mujer fija, pero ella es natural de la ciudad de Bella Vista Norte donde compartía, con su mamá y otros cinco hermanos, una casucha de madera y chapas, construida en la ladera que desciende hasta el río Apa, el cual, cuando está tranquilo, es un hermoso riachuelo, casi un arroyo manso donde es posible cruzar a pie la frontera que separa a la ciudad paraguaya de la brasileña Bela Vista, porque el río es la frontera, la vida y muchas veces la supervivencia de quienes se ven obligados a cruzar hacia uno u otro lado, a pesar suyo..
Y si el río es la línea que señala la salvación, Castora es el símbolo vivo de que seguir vivo tiene algún sentido a más de respirar y buscar nuevas posibilidades de este lado de la frontera, porque en el Paraguay, llegar a acuerdos más o menos aceptables y más o menos regulares acerca de situaciones embarazosas, resulta más fácil si se conoce a las personas encargadas de saber lo que pasa y capaces de esconder o hacer desaparecer historias en archivos olvidados que nunca se vuelven a abrir.
No se puede decir que Castora fuera una ramera en el amplio sentido de la palabra – palabra fea, por demás -, pues desmerita su condición de mujer noble a quien le gustan los hombres y a los hombres les gusta llorar a veces sobre el hombro de mujeres como Castora, toda consuelo, toda embeleco, toda dulzura y a las que se puede olvidar al día siguiente sin remordimientos, sin la obligación de recordar esa noche perdida entre tantas otras, cuando a pie o a caballo se alejan los circunstanciales compañeros, cuando rompe el amanecer los primeros destellos del sol, tras la oscuridad obsesiva de una noche que les permitió reposar en los brazos que entonces fueron de su uso exclusivo, brazos de madre, de esposa, de amante, de hija, todo eso que siempre fue Castora y lo seguía siendo cuando yo la conocí.
Una sombra surge en cualquier lugar, en cualquier momento y cuando hace su aparición y su presencia se transforma en recuerdo, la eclosión nos puede conducir a repasar el contenido del arcón de nuestra vida, donde se almacenan en revoltijo lo hecho lo que dejamos de hacer, porque al fin de cuentas, ¿acaso los recuerdos no son sino una muchedumbre de olvidos arteros, ese purgatorio perpetuo del que buscamos huir mientras alentamos, mientras estamos seguros de que todavía hay algo más que nos impulsa y nos mueve a presentir la oportunidad de enmendar lo hecho, el daño causado por nuestro paso, ese dolor y esa humillación constante que resumen el destino de cada uno?

La mujer paseó sobre mí su mirada de ojos ciegos, sin verme. De a cuclillas frente al portón, su atención está alerta al momento en que las hermanas de caridad lo abrirán para comenzar la repartija de algunos mendrugos para alimentar a los miserables que cada día se llegan para eso a la puerta de las religiosas.
Con los ojos clavados en ella, casi puedo sentir su mano rugosa y áspera que ase con avaricia el cuenco del mendigo, en este caso, una pequeña cacerola cuyo enlozado, casi desaparecido, muestra a las claras su procedencia: algún basurero o la misericordia de cualquier ama de casa que la aprovechó para deshacerse de ella.
Su interés está concentrado en lo que irán a darle.
Ya no iluminan su rostro ni la sonrisa ni la gracia que alguna vez se cobijaron en ella. Su expresión es taciturna, casi dura en esas facciones surcadas de arrugas y las tiene todas: horizontales en la frente, bolsas azuladas bajo los ojos. Un rictus que quiebra la comisura de sus labios y la papada que cuelga como pingajo bajo el mentón, sin olvidar el marcado bigote que empieza a encanecer sobre su labio superior.. Solamente sus ojos, aquellos entre divertidos y burlones ante el desenlace de mi pasión, no habían muerto por completo.
- Estoy con vos porque me gusta.
- A mi también me gusta.
- Pero a vos te ha de gustar cualquier cosa – y la risa se torna ronca, casi una tos incontenible que llena el pequeño refugio donde alberga tantas cosas suyas, tal como la alegría que me acompaña luego de estar con ella. Hasta parece insensato que luego de tanto tiempo transcurrido, se corra desaprensivo el velo que cubre con pudor la sombra de los olvidos para ofrecer, de una forma nueva y descarnada, el rostro alborozado que prefiere festeja mi satisfacción antes que disfrutar la de ella.
Posa en mí su mirada como de ciega mientras cruzo la calle para verla más de cerca, porque quiero convencerme de que es ella, porque no veo bien y a medida que envejezco, a veces me engañan los ojos y creo ver cosas que no existen. Otras, hasta creo en la existencia de cosas que no veo, ni vi nunca y vivo en medio de esa confusión, debida en parte a los años que se acumulan sobre mis espaldas, en parte porque la vista no responde, lo mismo que el oído que cada vez más se convierte en un receptáculo de sonidos dispersos, confusos, antiguos, perdidos, voces entremezcladas que quieren brotar de no sé donde y me acosan sin tregua.
Quiero verla de cerca, cerciorarme, pero no me atrevo a extender la mano y apoyarla sobre su brazo legañoso, hecho colgajos cerca de las axilas ni en el cabello entrecano y desordenado, como yo lo recuerdo esparcido sobre la cama, mientras persisto sudoroso y asustado de no se qué, de cometer algún error, de que se burle de mi, de mis inseguridades de adolescente apresurado.
- No me esperaste ya otra vez. Mejor hacemos de nuevo – y me obliga casi a mí, transido, empapado, ahíto, a sumergirme de nuevo en ese aroma a lavanda que se pone cuando nos preparamos con tiempo o a su olor ese a leña quemada y catinga, cuando disponemos apenas de unos minutos de la siesta mientras duerme su hombre, entre grandes ronquidos y me traspasan sin piedad, sumado al tufillo de hembra que le viene de abajo, cuando nos encontramos por ahí, apurados, de siesta, a la hora en que no hay nadie porque todos duermen sobre el catre sin sábana o en la hamaca, si es que duermen, repantigados en el bochorno del calor y la comida del almuerzo siempre libada con caña, en especial si es domingo.
A la hora de la siesta, las parejas se separan y los hombres en calzoncillos, roncan en su hamaca, mientras las mujeres, casi siempre regordetas, con la falda levantada que apenas les cubre la bombacha, duermen sobre el elástico del dormitorio de arriba, ese que gime por todos lados cuando a los patrones se les da por consolar sus melancolías y gruñen como cerdos de noche, a veces, cuando ya no hace tanto calor y el patrón no está tan borracho.

-Estoy embarazada de vos – me dijo
- Pero por qué va ser de mí si vos tenés tu hombre también…, la vez pasada le ví cuando entró a tu pieza…, después que está Marechal tabién – le dije asustado.
Guardó silencio.
-Yo sé que es de vos.
- Pero cómo – insistí
-Yo sé – me dijo
Entonces me callé.
Le visto cuando entró a la pieza con el tipo ese, un campesino musculoso, joven pero mayor que yo, seguramente ahora ya no me va hacer más caso, pensé y me sentí humillado y furioso. Me iba a quedar a esperar que salga para preguntarle pero después tuve miedo, porque era un tipo grande, de esos arrieros que hay por ahí, acostumbrados a los trabajos duros del campo. Bueno, le tuve miedo y me fui. Yo vine esa siesta porque quería acostarme con Castora, porque hacía como una semana que no nos veíamos y eso ya me ponía inquieto.
- Es mi amigo – me respondió -. Me trae dinero cuando viene porque no me alcanza para algunas cosas con mi sueldo.
- Pero vos te acostás con él – farfullé y me sentí idiota.
- Claro que me acuesto con él…, es mi amigo, te digo – después sonrió con esos lindos dientes que tenía, a pesar de la picadura en el medio de los dos delanteros - . Vos también sos mi amigo y te quiero más, seguro, porque no te pido plata – se rió.
- ¿Vos rompiste con Marechal? – osé preguntar.
- No – me mira con asombro - ¿Por qué voy a romper con él? Está de viaje, nomás.

Eran varias las mujeres sentadas alrededor del tronco del lapacho florido y la enorme raíz que ya rompió la vereda de enfrente al convento de las hermanas de la caridad y cuando se abrió el portón para dar paso a la figura rechoncha de la sirvienta, vestida de gris y con un delantal que denunciaba sin dudas su condición de criada.
Las pordioseras se levantaron todas a un tiempo y con paso apresurado se llegaron hasta la mujer que con cara de pocos amigos, espera junto a una gran olla de acero inoxidable desde cuyo interior brota el humo de la comida caliente.
Las miré avergonzado, como si fuera yo el mendicante o el culpable de su condición, carentes de la dignidad que ya se la robó el hambre que les dejó sólo la mirada ciega de sus pupilas, fijas en la gorda parada en medio del portón abierto y la olla que contiene vaya a saber qué mejunje destinado a esas miserables criaturas anhelantes de un bocado para llenar otra vez el estómago, reconfortadas al ver el líquido viscoso que comienza a cargar la sirviente del convento en los cuencos que portan las mujeres. Latas de leche Nido, cacerolas abolladas requecheadas al descuido de alguien o cedidas por misericordia en uno de los tantos zaguanes a los que llaman, de vez en cuando, para despertar la piedad de los habitantes de esas casas que parecen limpias y ordenadas, de esos portones que anticipan pequeños jardines y prometen algún alma caritativa capaz de comprender, aunque sea desde lejos, la triste situación donde les arrojó la vida.

- Y ¿qué lo que vamos hacer? – pregunté con un nudo en la garganta y otro en el estómago.
- Nada – me dijo -. Voy a tener.
- ¿Y tu marido?
- Me voy a ir a Asunción – respondió.

Cuando Matías me mostró mi foto, sentado al volante, quedé desconcertado:
- ¿Cuándo me sacaste vos esta foto? – le pregunté y después de un momento -: a ver…, dejame adivinar…, yo les llevaba a…- y todos rieron. Me sumé tontamente a la risa, sin entender la causa de esa hilaridad.
- Mirá bien la foto – sugiere Matías. Lo hago y de nuevo estoy yo, aunque algo cambiado ¿más joven? Me fijo mejor y n puedo salir de mi asombro: soy yo, con el bigote espeso que cubre casi totalmente la boca, los infaltables anteojos y el cabello un poco más largo a como lo llevo ahora, con el akapichororí que siempre me molestó, porque a más de ser cabezón, orejudo, con lentes en cuyas espirales se extravían mis ojos miopes, de nariz chata y doble mentón, el cabello largo duplica las dimensiones de la cabeza, grande de por sí y me hace sentir una Medusa desorientada y molesta, por querer estar a la moda en una época cuando el cabello largo se mira con desconfianza política. Soy yo, sin duda, pero de cuarenta años y lo digo por la falta de estas arrugas que cada vez se hacen más manifiestas en mi rostro, el cabello blanco sobre un cráneo medio desnudo que exhibe obsceno su color rosado, porque ya ni siguiera está bien protegido y la tonsura es cada vez más visible y el bigote, mi eterno bigote, salpicado de claritos que ya no se pueden disimular, como solía hacer mi buen peluquero, quitando una que otra cana. Ahora casi no habría bigote…, en fin. Era yo y no era yo.
- A lo mejor es tu hijo – exclamó malintencionado Matías. Y ese fue el detonante para que me pusiera a recordar esta historia, que no es tal ya que así ocurre siempre, una cosa lleva a otra y ésta a una tercera y al final, uno termina por no saber qué es verdad y qué pura invención, porque ¿acaso puedo asegurar que aquella pordiosera que vi. en la calle, frente al convento de las hermanas de caridad es realmente Castora?

Llega a la covacha de Barrio Chino, donde vive con su hijo y la mujer de éste, con la que no se lleva muy bien, por lo que la concubina se hace la desentendida y no le da de comer a su suegra cuando César, su marido, está de viaje. Es chofer de una empresa de ómnibus que presta servicio internacional. Ella sabe que si su mamá le cuenta de sus maldades, no le va a creer y la vieja sabe que la otra sabe qué hacer para convencer a su hijo, cuando están acostados en la cama que usa la pareja, separada de la suya por un pedazo de madera que hace las veces de divisoria y sabe que su hijo no le va a creer si le dice que su nuera le obliga a mendigar frente a la casa de las hermanas y le va a preguntar una vez más por qué le tiene tanta bronca a Lucina, que es como una hija para ella.
Entra sin hacerse sentir, coloca su enlozado sobre una pequeña mesa temblequeante y se sienta sobre el larguero de catre que le sirve de cama. Prueba, con una cuchara de bordes filosos de puro gastada, el guiso grasiento del que saborea el pedazo de carne magra que le puso la gorda, al mediodía.
Como de costumbre, mira alrededor, después de limpiar los restos de comida, porque siempre fue muy limpia y si ve una cucaracha subir por la pared de madera, la mira y sonríe.

El río Apa creció mucho y las casas, levantadas en la parte inferior de la ladera, ya se encuentran bajo el agua. La mujer prepara un oloroso manjar dentro de la olla negra que cuelga, de un trípode metálico, sobre el fuego encendido en la leña que consiguió esa mañana. Los otros cinco hijos juegan sin apartarse mucho de la casa, porque la madre les tiene prohibido hacerlo desde que una semana atrás se ahogó en la correntada el hijo de ña Lucelía, esa pobre brasil
La madrugada del día siguiente
[12] [13]
La luna tempranera de las tres de la tarde, moneda incompleta, cuarto creciente, especie de mancha transparente, extemporánea sobre el cielo brillante y azul, soplo de viento que agita el verdín y el calor, enmarcan la hora en la cual Luciano inicia la cochura del chipá, que alienta en un humo oloroso y blanco, volviendo constantemente la cabeza hacia el sendero polvoriento, esperando, como hace todas las tardes de luna tempranera.
-¿No llegó todavía?
-Ya te dije que no puede, que no va a venir más, contesta su mujer, mientras acomoda en el canasto, la primera hornada de la tarde.
-Yo sé que va a venir -insiste Luciano y aspira el sahumerio que brota del horno de adobe y arcilla colorada- ¡Vos qué sabés! Te digo que va a venir nomás, porque ayer soñé una cosa rara y seguro que es buen anuncio.
La luna premonitoria sigue desvaída en el cielo intenso de la tarde cuando Luciano saca la segunda hornada, tan apetitosa, que apenas puede resistir el impulso de meter uno de los panecillos en la boca. Lo detiene la mirada dura de su mujer.
-Hoy vendimos mucho -comenta ella-. El segundo canasto ya se acabó.
Luciano se rasca el cuello, torturado por los mbarigüí: -¡Cómo pican estos bichos! -exclama- Me parece que va a llover un día de éstos.
La mujer carga el aromático manjar en el canasto grande que trajo la chica. El bolsillo delantero del delantal abulta en billetes apelotonados y su cuerpo, ancho y ondulante, se mueve con lento vaivén de las nalgas, al caminar.
Volviéndose hacia el hombre que sigue dándose palmadas dice: -No te hagas ilusiones. Hace tres meses que sigue éste calor y no hay esperanza de que cambie. Mirá nomás cómo está el cielo... Esos bichos te pican de puro hambrientos.
Luciano ceba el tereré en la guampa ornamentada con sus iniciales.
-A mí me parece que no pasa otra semana sin lluvia. Hay muchas nubes: el sudor resbala sobre las mejillas del hombre y marca, en su rostro, una larga cicatriz rosada que se abre paso entre la polvareda que forma una segunda epidermis sobre su piel, antes de gotear en la camisa transpirada.- Te estaba contando pues ese sueño raro que tuve -le dice a su mujer sorbiendo la infusión. Yo no aparecía, pero había un perro blanco, muerto, que se caía de espaldas en un precipicio.
-Yo no entiendo de sueños -la mujer coloca el canasto sobre la cabeza de la chica y siente como le crujen los huesos raquíticos-. Esta es la última tirada -dice-. A ver si vendés pronto porque después quiero que levantes la ropa, antes que sea de noche.
Luciano deja la guampa a un lado y queda mirando el camino que sigue la muchacha. El apteraó, aplastado sobre su cabeza, se confunde con los cabellos desgreñados: -Va a [14] venir por ahí- señala con el mentón-. Vos no me creés pero yo sé lo que te digo. Ese sueño que tuve...
-¿Porqué no te levantás y hacés algo? -responde Gumersinda con voz agria-. No sé lo que te pasa por ahora. Vos sabés bien que no puede ser -se dirige al rancho balanceando las nalgas inmensas-. Luciano, dejate de soñar y vení a tomar cocido o qué, ¿querés? No sé lo que vas a conseguir repitiendo siempre la misma cantinela.
El hombre levanta la vista hacia el cielo y vuelve a bajarla hasta sus pies descalzos.
-A la pucha que no me dejas en paz...
-Si te dejo, vas a estar todo el día haraganeando en esa silleta y hay un montón de cosas que hacer. Mirá nomás cómo está la casa. Hace años que nadie le pinta y el catre ese donde duerme la ñorsa va a caerse un día de éstos. Tiene todos los tornillos flojos y vos, lo único que querés, es estar ahí, sin hacer nada.
-Le estoy esperando, nomás -responde Luciano sin abandonar la mirada soñadora.
Quedaron muy lejos, en el horizonte de los recuerdos, los días en que Luciano iba a los bailes pueblerinos, persiguiendo muchachas y trabándose en discusiones por asunto de naipes o polleras. Al juntarse con Gumersinda, dejó todo eso para trabajar en su capuera y en la producción casi industrial del chipá, que logró alcanzar renombre hasta en la capital. En esa época, Luciano era incansable.
Construyó el rancho y, cuando Gumersinda descubrió su estado de gravidez, el hombre duplicó la actividad de los hornos, contratando gente que lo ayudara a fabricar y a vender el producto, llegando a enviar cien tiradas por día, que distribuían las camionetas, provistas de altoparlantes, anunciadores del sabor.
María Isabel conocía a su padre por el olor a tabaco, mezclado con el aroma del chipá recién hecho y por las interminables frases cariñosas pronunciadas con voz gruesa, en la dulce entonación de su idioma ancestral. A los tres meses reían juntos, a los seis, ella gateaba entre las piernas de Luciano y las montañas de chipá, acumuladas en el patio y de las cuales, María Isabel, probaba algunos trocitos que derretía entre sus encías sin dientes. Por momentos, Luciano dejaba de amasar, introducir y sacar del horno los panecillos y se dedicaba a jugar, diciendo cuantas ternuras pasaban por su cabeza, a las que María Isabel respondía con largas carcajadas sin dientes, de puro contento, sin entender nada.
El día de su primer cumpleaños, la casa estaba completa, con olor a pintura fresca hasta en el patio, donde los árboles lucían un aspecto alegre después del blanqueo de sus troncos. El pueblo, unas treinta familias, fue invitado a festejar el acontecimiento, y desde las ocho de la mañana, el rancho reluciente, se convirtió en el centro del desfile multicolor de matronas engalanadas y señores que, al influjo de los aperitivos, convertían sus bocas en torbellino de risas o se dedicaban a relatar anécdotas gloriosas de los años de guerra, mientras sus mujeres atendían a los niños, el asado, los chorizos, las morcillas, yendo de aquí para allá y sirviendo las bebidas que corrían en abundancia. Para la ocasión, Luciano hizo traer ciento cincuenta docenas de globos en la variedad más increíble que pudo imaginar y, durante una semana, la chiquilinada se pasó inflándolos hasta sentir los pulmones empequeñecidos, la boca seca y las rodillas temblorosas, pero al llegar el gran día, colgaban del techo, en las ventanas, de los árboles, en cada rincón de la casa, hasta la carreta y los cuernos de los bueyes se adornaron con globos inmensos.
Después del chocolate (que Gumersinda preparó en una olla gigante de cincuenta [15] litros) y las chipitas con cada una de las letras del nombre de su hija, Luciano y los demás invitados varones, se sentaron a truquear hasta la noche. Se encendieron los faroles a querosén y a los sones de la orquesta, contratada en la capital, bailaron los jóvenes, que no iban a desperdiciar esa oportunidad que quizás no volvería a repetirse.
Cerca de las tres de la mañana, la nena despertó sobresaltada, con sus ojos negrísimos atravesando la oscuridad que no comprendía. Bajó de la cuna, cruzó el pastizal entre las parejas que bailaban, se acercó a Luciano que no la vio y siguió caminando, hacia el bosque, atraída por los miles de ruidos, apenas audibles, de los animales nocturnos y el crujir de la hojarasca, pisada por sus pies helados. Se internó en la maraña de yuyos y ramazonas fantasmales, en pos del llamado que la despertó del sueño. Cruzó el arroyo, dejó marcas de unos dedos pequeñitos en la arena blanca de la orilla y se perdió en la oscuridad indecisa de la madrugada del día siguiente a su primer cumpleaños.
Se dieron cuenta cuando la mamá fue a ver si la nena estaba mojada para cambiarle los pañales. Nadie supo decir nada ni la vio. Luciano y cuantos hombres podían estarse en pie, iniciaron la búsqueda desesperada de la niña que se internó en la selva, sin importarle los globos, ni la música, ni la torta de tres pisos, ni su futuro en el rancho junto a sus padres, ni nada sino el insistente requerimiento del bosque que la impulsó a mezclarse con la maleza, dejando impreso sus dedos redondos, en la arena del venero como prueba de esa extraña nostalgia.
Nueve días después, rendidos por la fatiga y Luciano presa de una angustia desconsolada, volvieron a la casa que aún tenía algunos globos, desinflados y tristes, colgados de las ramas dormidas de los árboles.
-Ha de volver -exclamó sentándose en la hamaca- una criatura así no puede irse tan lejos. A lo mejor se quedó dormida dentro de algún tronco, en el bosque, pero seguro que va a volver...
Gumersinda limpió la casa, quitó los residuos de la fiesta, salpicó con agua de balde el piso de ladrillos y salió al patio, respirando a pleno pulmón, mientras de sus ojos caían lágrimas silenciosas y en la boca, le daban vueltas y vueltas las palabras que necesitaba decir a gritos, sin hallar el cauce por donde dejarlas escapar.
-Va a volver uno de estos días -le contestó Luciano cuando ella quiso saber, después de siete meses de la desaparición si debía guardar luto por la hija-. Se viste negro por los muertos y María Isabel no está muerta, así que déjate de preguntar macanas.
Gumersinda encendió esa noche tres velas a San Judas Tadeo y rezó un rosario porque fuesen ciertas las alucinaciones de su marido. Desde aquel día en que fueron a buscar a su hija sin hallarla, le seguían persiguiendo las lágrimas y dándole vueltas en la boca las palabras que no podía pronunciar.
Volvieron a preparar chipá, el negocio anduvo bien y Luciano no recordó más a su hija hasta tres años después, el día de su cumpleaños.
-Hoy cumple cuatro -le dijo a su mujer.
-Cuatro ¿qué?
-María Isabel -respondió Luciano muy serio tenemos que preparar la fiesta.
-Pero si no está.
-Ya sé, pero ha de venir.
-No viene más, Luciano, te digo que no viene más. [16]
El hombre no le dirigió la palabra en todo el día, pese a los esfuerzos de la mujer, que procuraba reconciliarse con el marido, uniendo a él su dolor común.
Gumersinda sentía que las viejas palabras iban a brotar, mezcladas con el aire refulgente del campo verde, fresco, oloroso. Salir, aunque Luciano se negara obstinado a reconocer esa realidad, acaso superior a su capacidad de resistencia.
La hora de los mosquitos y el chillido de los grillos tomó a Luciano sentado en la silleta del patio, frente a los hornos sin humo, en melancólico trasluz de rojo fuego, que extendía los brazos, desgarrando el vientre de la selva. Estaba quieto, formando parte del crepúsculo que huía entre el alboroto desafinado de pájaros invisibles y los cambiantes matices de una naturaleza triste, con la camisa desabotonada, flotando en la brisa. Así lo vio su mujer, al acercarse con un tazón de chocolate que había pedido y le escuchó decir, en voz baja, las palabras que abrieron ante ella todo el universo de su desolación, las que durante años anduvieron revolcándose bajo el paladar de Gumersinda.
-Mi hijita..., mi pobre hijita -al tiempo que de sus ojos, fijos en alguna lejanía interior, caían dos lágrimas impregnadas de los reflejos del recuerdo, provenientes de la línea perdida del arroyo, donde quedaron las formas de unos dedos pequeñísimos.
Estiró otra silleta y se sentó a su lado, en la penumbra, bebieron juntos el chocolate, dejando pasar las horas, hasta que la oscuridad fue completa y sólo una espesa vía láctea de luciérnagas inquietas, emitía destellos intermitentes al reflejar, sobre la superficie del campo, el brillo de las estrellas.
Al volver la chica con el canasto vacío, Gumersinda la esperaba en el mecedor de mimbre, que se deshacía en chirridos, al arrastrar su cuerpo de matrona, para delante y hacia atrás, en una sucesión inacabable de vaivenes.
-Aquí te dejo la plata, la señora -dijo.
-Bueno, andá a bañarte ahora antes que haga más fresco.
Luciano se acercó a su mujer sentándose en el otro sillón.
-¿Qué estás pensando? -preguntó.
-Nada ¿y vos?
-Nada.
Permanecieron sin hablar, escuchando a la muchacha sacar el agua del pozo, el ruido de la roldana, su deslizarse de pies descalzos sobre la arena del patio, cómo vaciaba el contenido del cubo en la palangana grande, el chapoteo del líquido, alzado con las manos para mojar el cuerpo teñido de luna.
Casi podían oír cómo tiritaba al frío contacto y el deslizarse de la toalla sobre su piel. Se puso los zapatos, el vestido color ciclamen y fue a sentarse frente al portón. Recién entonces, la pareja de ancianos, se percató del largo silencio que los había envuelto en una tenue capa de armiño impalpable. Luciano encendió un cigarro, aspiró el humo de tabaco fuerte, secado al sol, recorrió con la vista las paredes del rancho vacío, cada hendidura, cada recova desconchada y, sin poder soportar por más tiempo el hábito que pesaba sobre sus años de esperar inútilmente el sueño de la juventud (1), dijo, dejando gotear las palabras:
-No vino, otra vez..., mañana puede ser.
-Puede ser, Luciano, puede ser -contestó su mujer y permanecieron silenciosos, mirando la noche, con los ojos tristes y desolados, que en aquella madrugada, se opacaron para siempre. [17]



Whisky & ice
[18] [19]
Le digo «Delcy» y ella me mira con sus ojos, negros y sin emoción, fijos en los míos, acostumbrados como están a mirar sin ver, con la opacidad que se les habrá contagiado del tiempo que lleva trabajando en esa whiskería -últimamente, si uno analiza bien, se da cuenta que las denominaciones de las cosas, los lugares, las personas y las actividades que se desarrollan o ellas desarrollan, han sido rebautizadas, con nombres más sofisticados y eufemísticos, a los que estábamos acostumbrados en mi juventud.
Así, a los advenedizos se los llama consecuentes, a los ursos, financistas. A los ladrones, estafadores, coimeros y otras alimañas afines, se les confiere la cualidad de portentos comerciales. A los chiquilines petulantes y mal educados se les dice conflictuados, a las casas de cita, moteles y a los quilombos, whiskería. Podría seguir mencionando nuevas designaciones de las viejas costumbres, usos y sitios, si no fuera porque me resulta fastidioso dar la impresión de ser un cínico de ingenio, lo que no soy, o al menos, ingenioso, aclaro, antes de recibir el comentario de algún avisado observador de los que hay por ahí. Solamente a las reas se les sigue llamando putas, sin retaceos.
Le llamo «Delcy» y me mira entre los destellos de las luces estroboscópicas, música beat y jóvenes in. Yo solía decir antes música moderna, nuevaoleros, etcétera, pero se quedaba sin entenderme, por eso, cuando dije «Delcy», no me asombró que me observara de tan lejos, con sus pupilas estáticas en el pestañeo de las luces, sin dar importancia a lo que oía, ni a la música beat del casetero, que desliza sus melodías entre los dedos de las parejas que bordean la pista donde nadie baila, absortas en las caricias preliminares, matizadas con las risas agudas de las mujeres.
Las piezas tienen luz roja, filtrada por los agujeros de los ojos y bocas de las máscaras de isopor que les sirve de pantalla y son toda la iluminación, cuando uno entra a los tropezones con la silla o la cama hecha por décima vez y me dice: -Tenés que pagarme antes
-No -respondo- mejor cuando terminemos.
-El patrón quiere que se cobre adelantado.
-Así no quiero. Te voy a dar después.
La música sigue sonando y llega algo diluida hasta nosotros. Ya no digo «Delcy». La acaricio y desprendo el bretel de su corpiño. Ella ríe, con esa risa opaca y afectada, de tanto andar en la penumbra.
-¡Si ya me conocés! -exclamo haciéndome el molesto- No sé porqué me pedís que te pague antes.
-El otro día me jodieron
-Aha... [20]
Me acuesto después de haber puesto mis ropas sobre el respaldo de la silla. Su piel desnuda adquiere la coloración púrpura que vomitan las máscaras. En el salón siguen las risas, las conversaciones en voz baja y los dedos que investigan entre las minifaldas, que exhiben muslos y bragas, teñidas de historias nostálgicas.
Digo «Delcy» pero no me escucha. Canturrea la melodía que atraviesa las rendijas de la puerta cerrada tras la cual, está otra habitación con su pareja, la latita de cerveza medio tibia sobre la mesita de noche, su ropa a un costado sobre la silla, la mediabombacha y las botas blancas, bajo la cama.
Cierro los ojos sin decir nada pues ya no es Delcy, sino una masa sudorosa de carne marchita unida a la mía, que desprende, al transpirar, su olor a jabón y perfume baratos, y me contagia esa languidez de su mirada sin vida, oscura, inerme a causa de los reflejos rojos que brotan de dos esquinas de la habitación. Hacemos el amor con rabia -lo digo así para no resultar chocante- como si cada acción, cada movimiento, buscara separarnos, con una intensidad en la que nada tienen que ver las emociones y tratando de lograr lo antes posible ese placer obtuso y alucinado, proveniente de ésta masturbación de a dos, en la cual, el último gemido está cuajado del sabor amargo aposentado en nuestra angustiosa soledad, más vasta y desolada tras esa cópula lasciva, que culmina en la caricatura grotesca de un orgasmo sin ternura, condicionado a los reflejos involuntarios de mi cesión.
No digo más nada. Enciendo dos cigarrillos y dejo uno entre sus labios. Vuelvo a dar una mirada accidental a las máscaras, que siguen brillando con su risa fija y repulsiva, al humo que sale de nosotros y se expande en el ambiente, como extoplasma de nuestros cuerpos y a la palma de mis manos, en las cuales, olfateo su aroma peculiar, antes de repetir «Delcy», en un susurro final que permanece colgado de las sombras.
Ella no habla. Mejor. Prefiero que siga así, de ser posible desde que la saludo hasta la hora de despedirme. Puede ser que un día me anime a decirle:
-Apagá la luz esa, por favor, no quiero verte -pero tengo miedo a que me mal interprete y se enoje conmigo. Pero me doy cuenta que comienza a ponerse inquieta. Va a hablar. Ya se levanta. Tiene las botas puestas. Saco del bolsillo un billete arrugado que le alcanzo sin abrir la boca. Yo sigo tendido para verla vestirse con prisa. Arregla sus cabellos largos.
-Vamos pues afuera -exclama, sin más preámbulos.
-Ya enseguida.
Es poco más de las once y empiezan a llegar otros hombres que, al encontrar pareja, forman extrañas figuras chinescas en la semioscuridad de luces estreboscópicas -digo bien, ahora. En un rincón veo a Delcy tomada del brazo de un tipo corpulento, cuya grasitud excede su cintura y cuelga siguiendo la circunferencia del vientre, por encima de los límites del pantalón. Yo tomo otra cerveza, sentado en uno de los divanes y la veo dirigirse hacia el cuarto que acabamos de abandonar. El gordo ríe y la abraza, como si quisiera aplastarla, Delcy, ríe.
-No, gracias, salí recién, nomás. Estoy tomando una cerveza nomás.
Parece frustrada cuando vuelve a la pista, con el gordo detrás suyo, serio y jadeante, observando a su alrededor, como si temiera encontrarse con algún conocido, tal vez, y enseguida escapa hacia la calle.
¿Todavía no te fuiste? [21]
-No. Estoy haciendo tiempo.
-¿Querés entrar otra vez?
-No.
-Dame un cigarrillo, entonces.
Va al encuentro de un nuevo cliente. Tiene buena planta y me alegro por Delcy -echa humo por los agujeros de la nariz y sonríe entre sus labios pálidos, los ojos negros, negros, clavan la vista atónita en los chisporroteos de las luces giratorias, las luces negras, las luces estroboscópicas o como quieran llamarlas mientras continúa la música, las risas y los ajustes de precio entre Delcy y un caballero muy elegante de traje y corbata floreada que fuma cigarro, mientras otro tipo se divierte introduciéndole la mano por debajo de la minifalda y canturrea, haciéndose el desentendido.
- ¡No pues! -dice Delcy y se vuelve a medias. El caballero la sigue al cuarto mientras el cargoso repite su juego con otra de las chicas.
Yo salgo dando paso a cinco muchachos barullentos que ahora llegan, con olor a alcohol y despedida de soltero. Salgo y voy, por las calles que me alejan de Delcy, que debe estar con el elegante, encamados, la corbata sobre la silla, su pollera sobre la silla, sus olores mezclados, impregnándolo todo y las botas blancas, bajo la cama. [22] [23]



La hija chica
[24] [25]
Cuando nació nuestra hija chica, vivíamos desde varios años atrás, en la casona que pertenecía a la familia de Estela, mi mujer. Teníamos ya cuando eso una hija de tres años y medio.
La casa era de una arquitectura bien arcaica, con un largo corredor yeré interno que limitaba el amplio patio central, dando al conjunto la apariencia de esas construcciones auténticamente coloniales cuyas vigas, exageradamente grandes y semipodridas, descansaban sobre una hilera de cariátides de mirada sonámbula, como fantasmas aburridos de tanto estarse ahí quietos, soportando la presión del techo decrépito, todo cubierto de moho, tela de araña y humedad.
No habían muchas piezas desocupadas pues, desde los tiempos del bisabuelo de Estela hasta la fecha, la situación económica de la familia hizo honor a aquél célebre aforismo de «abuelo panadero, hijo caballero, nieto pordiosero» y no sólo eso, ya que en realidad cambiaron mucho los tiempos, desde la época del bisabuelo al de sus descendientes, tíos y primos de mi esposa, que, en dos o tres generaciones, no dieron muestras de talento comercial y uno a veces pensaría que hasta de lucidez. Lo cierto es que uno a uno fueron refugiándose en el caserón, lo mismo que Estela y yo cuando nos casamos, y allí cada uno vivía o vivió, en esas piezas su propia vida, casi sin preocuparse de los demás habitantes del colmenar y hasta reaccionando con violencia a los muy escasos intentos de intromisión a las celdas de sus hábitos, por parte de los otros cenobitas, sea quien fuere el intruso, excepto, tal vez, la tía Carolina, a quien conocí poco antes de su muerte y me pareció la única persona normal de la casa.
Cuando yo llegué, quedaban dos piezas abiertas donde nos ubicamos con Estela y después Elena, nuestra primera hija. La habitación ocupada por el tío Jerónimo no se abría nunca y se le dejaba la comida en una banqueta junto a la ventana enrejada de donde la retiraba -no sé si él o alguna de las ratas que cruzaban de vez en cuando el patio. Las cinco piezas contiguas estaban cerradas, selladas con sendos pasadores de hierro, asegurados con candados grandes y herrumbrados. Estela me explicó que habían sido las habitaciones de otros tantos miembros de la familia que murieron muchos años atrás y que, a partir de entonces, no las volvieron a abrir, por orden de la tía Carolina, siguiendo la costumbre familiar. Ahora bien, la razón que motivara esa tradición no se me explicó ni yo insistí demasiado en averiguarla, tal vez porque soy poco curioso por naturaleza, o, acaso, porque en realidad, todas esas piezas cerradas, con sus pasadores cubiertos de telarañas, me produjeron siempre un cierto desasosiego que procuraba esconder, aún cuando no me considero de esas personas imaginativas a quienes de pronto se le ocurre tener miedo y entonces crean un miedo para terminar teniendo miedo de su propio miedo. [26]
Pero uno se acostumbra a todo o a casi todo, en realidad, y de a poco fui identificándome con el ambiente de la casa, y, lo que en un comienzo considerara excéntrico e irreal, terminó resultándome rutinario, como los conciertos de mandolín del tío Jerónimo, que, a veces, los iniciaba a las dos de la madrugada para acabarlos bien entrando el amanecer.
Cuando nació Elena, nuestra hija mayor y fue creciendo, quedábamos en la casona nosotros y el tío Jerónimo, a quien pude ver fugazmente la noche del velorio de su hermana, tía Carolina. Y fue después de la medianoche, cuando no estaban sino los parientes más cercanos (a la mayoría de los cuales había visto una sola vez, el día que nos casamos Estela y yo).
El tío Jerónimo apareció en la puerta de la pieza de la tía Carolina vestido con un camisón largo, llevando en una mano el gorro con pompón y en la otra, su mandolín. Estaba tan pálido como la hermana colocada en el cajón y eran muy parecidos, ojerosos ambos, la piel pegada a los huesos, los labios finos, la frente característica de la familia, alta y noble, coronada por una espesa mata de cabellos blancos que le llegaban hasta el cuello. Fue sólo un momento, pero los observé primero a él, después a ella y me corrió un escalofrío, como si se hubiesen repetido las imágenes y volvieran a ser uno solo. Pero el tío Jerónimo se alejó enseguida y la impresión de que por algún influjo mágico la muerta y su hermano se habían unido (sorbiendo el que aún vivía alguna clase de aliento postrer de la tía Carolina), desapareció y volví a estar en un velorio común y corriente, solo que no me abandonaba la impresión de que recién después de irse el tío Jerónimo, la tía Carolina se murió del todo. Un rato después llegaron, hasta los que permanecíamos acompañando a la difunta, las pulsaciones del mandolín y quedé dormido.
Al día siguiente cuando desperté, el féretro se encontraba cerrado y en la sala. Observé también que la habitación de tía Carolina tenía echado el pasador de hierro y colocado un candado grande, parecido a los de las otras piezas cerradas del corredor.
Cuando murió el tío Jerónimo, algo así como un mes antes del nacimiento de nuestra hija chica, yo no estaba porque había viajado al interior por un asunto de negocios. Sólo al volver me enteré del suceso y cuando pregunté, me contestaron que el mandolín lo llevó un tal Eusebio, un hijo natural que tenía el tío Jerónimo -me enteré ahí nomás aunque parece que todo el mundo lo conocía, ¡quién lo hubiera imaginado!- y, por supuesto, la puerta de su cuarto estaba cerrada, candadeada y ya empezaba a semejarse a las demás. Como dije antes, uno se acostumbra, a todo, aún a una casa como la nuestra de la cual se ha de pensar que es medio rara, con todas esas puertas sin abrir y esas estatuas-columnas y esos ruidos que uno escucha de vez en cuando, cuando se acomodan los goznes resecos o cae la llovizna negra del polvillo en que se va transformando el techo, por el comején, o cuando las ratas roen los muebles que quedaron encerrados en los cuartos hieráticos o cuando la argamasa reseca de las paredes se descorcha, agotada de años y agostada por el calor y la humedad. Bueno, lo cierto es que tanto Elena, como nuestra hija chica, alegraban mucho la vieja casona y se divertían de lo lindo, haciendo más ruido del que se habrá escuchado en ella en por lo menos cincuenta años.
Ni a Estela ni a mí se nos ocurrió abrir nunca las piezas clausuradas, en parte por parecernos sacrílego romper la tradición y, en parte, porque con las dos habitaciones que utilizábamos, la cocina y la sala, era suficiente espacio para nosotros y las niñas, pues si bien teníamos algunas comodidades como el juego de living y el televisor que le regalé a [27] Estela en nuestro aniversario pasado, los muebles apenas disimulaban los inmensos ambientes de casa vieja que, en realidad, eran demasiado grandes para nuestras escasas pertenencias.
No le dije nada a Estela, pero volví a sentir el casi olvidado desasosiego de otras épocas y una constante opresión en el pecho, a medida que iba creciendo nuestra hija chica, pero no le dije nada y, sin embargo, sabía que algo raro estaba ocurriendo, pues me daba la impresión de percibir una respiración profunda desplazándose dentro de las mismas paredes, agazapada tras las puertas y ventanas clausuradas, como si por entre las rendijas casi invisibles de suciedad, escapara el aliento áspero y pastoso de las piezas, tanto tiempo aisladas de la casa y de su vida cotidiana.
En realidad, al principio yo tampoco me percaté del cambio, porque después de todo, ella era una criatura como otra cualquiera, que deja sus zapatos en cualquier lado y se sabía que eran suyos por la forma que tenían y porque estaban uno aquí y el otro debajo de la mesita de la sala; o uno aquí frente al sofá y el otro a su lado, con las medias a medio metro una de la otra y de cada zapato, y cosas así, que se ven todos los días cuando se tiene una hija chica, y que a nadie llama la atención porque después de todo, esos desórdenes y rarezas son propios de las niñas. Y yo creo que ni ella notaba nada, porque seguía igual que siempre, un poco más llorona de lo que la paciencia podía soportar, a veces, un poco más cariñosa, cuando quería algo, o de balde nomás, dejando su muñeca en la sala, el portafolios de la escuela, en el zaguán, el guardapolvos en la mesa de la cocina y un cuaderno sobre la tele y la caja de lápices en la heladera, como hizo una vez y le dije a Estela cuando se enojó, bueno - ¡no es para tanto! si al fin de cuentas, ella es la hija chica... Me parece que fue Elena, su hermana mayor, quien lo supo desde el principio, pero no dijo nada, porque estaría aburrida de que nosotros no la entendiéramos y nos pusiésemos otra vez a recriminarle con eso de que porqué siempre tenía que estar en contra de su hermanita o era que no le quería luego y que era chica y no entendía todavía las cosas. A mí me parece que Elena se dio cuenta antes que nadie y no dijo nada, por eso.
Pero después el asunto se volvió más peliagudo. Ya no eran el guardapolvos, los zapatos y el portafolios los que aparecían y desaparecían por las habitaciones de uso diario en la casa y Estela empezó a llevarse cada susto que, al principio, le daba risa pero después ya no tanto, cuando empezaron a salir muñecas de tres ojos y piernas sin cuerpo recorrían en cualquier momento del día o de la noche el patio, taconeando con energía. Pero resultaba todo esto especialmente desagradable por la noche, porque uno, ya adormilado o durmiendo, a veces, se despertaba con el lógico sobresalto que corresponde al ver flotando encima de la cabeza alguna figura informe y alucinada, fosforescente en la oscuridad. Por supuesto, mi esposa y yo comenzamos a preocuparnos y le preguntamos a Elena si qué le parecía a ella que estaba ocurriendo en nuestra casa y, como hace siempre, primero nos miró de arriba y abajo y vuelta arriba, mientras de la cocina venía flotando una mano que asía el sandwich, que recién yo había preparado para cenar, y respondió, como la cosa más natural del mundo: -Tu hija chica está soñando ya otra vez -y salió al patio perseguida por dos piececitos de cartón pintado que, por las apariencias, pertenecieron alguna vez a una muñeca despedazada quien sabe dónde. Llegamos hasta nuestra hija y al despertarse nos dijo que sí, que estaba soñando precisamente eso. Todas las cosas insólitas desaparecieron y en la pieza quedó el desorden habitual de ropas y útiles escolares, que hay siempre [28] esparcidos en las casas, cuando sobra espacio o cuando se tienen hijas chicas.
Nos fuimos acostumbrando a ver cosas raras cuando nuestra hija menor dormía y la mayor se distraía, sin darle importancia a las plantas que surgían de las patas de las camas o a las cabezas que iban flotando en el aire, husmeándolo todo y hablando entre sí sin articular sonidos, y parecían de verdad y por eso fue que se asustó tanto la muchacha nueva, cuando estaba repasando la sala y encontró un cuerpo sin cabeza sentado en el sofá y unos brazos gesticulantes en el sillón de al lado. Pero se asustó tan grande, que tuvimos que pagarle el día entero y encima un taxi, porque temblaba que ni podía caminar, y eso que tratamos de explicarle que no había motivos para tener miedo, que era un sueño nomás. Lo cierto que se fue y después que nos ocurrió lo mismo con otras tres o cuatro fámulas, decidimos realizar nosotros mismos los quehaceres domésticos, aunque Elena protestó, diciendo que ella ya otra vez tenía que hacer cosas por culpa de su hermana y la otra porqué yo voy a tener la culpa y Elena vos sos la que tenés esos sueños que le asustan a la gente y la otra yo no tengo la culpa porque mis sueños le asusten a la gente.
Más adelante decidimos no salir más ni recibir a nadie. Ya por entonces la casa se había transformado en un manicomio y era de locos vernos a nosotros mismos paseando por el patio, por entre las estatuas cuyos ojos parecían seguir el movimiento de nuestros cuerpos imaginados, figuras que de pronto desaparecían tras las puertas cerradas y volvían a aparecer a nuestro lado o detrás nuestro, cubiertas de un polvillo gris, que olía a oscuridad y encerrona y que, supusimos, era el vaho existente dentro de las piezas. A veces nos encontrábamos corriendo de un lado a otro, buscando Estela mi yo real y yo buscando a la Estela real, mezclándonos tanto que, al final, no sabíamos si estábamos hablando entre nosotros o con un sueño de nosotros. Chocábamos con las imágenes y no se sabía si uno hablaba con sueños o con personas, pues unos y otras contestaban algo a las preguntas y hasta me conversaba a mí mismo y, de pronto, debía escapar dando saltos desesperados, huyendo de las grietas que se abrían de golpe en el suelo o taparme los oídos para no escuchar el ensordecedor lamento plañidero del mandolín, que sonaba todo el tiempo, y cada vez peor, porque nuestra hija chica se fue desinteresando de cualquier otra cosa que no fuera soñado y vivía durmiendo.
En un momento que estuvo despierta, cuando volvió el silencio y desaparecieron las figuras que nos venían acosando y la casa readquirió su aspecto agotado y triste y la vieja y pesada arquitectura de cariátides el mismo aire de estolidez en sus ojos vacíos, pude encontrar a Estela y le dije que llamáramos a un médico, pero ya la hija chica cabeceaba como un borracho, a pesar de los sacudones que le dábamos, y de sus oídos escaparon, aleteando, un enjambre de luciérnagas enloquecidas, acosadas por una espesa nube de libélulas que chocaban entre sí y, todas juntas, luciérnagas y libélulas, tropezaban con nosotros, queriendo metérsenos en la nariz, en los ojos, en la boca. La única tranquila seguía siendo Elena que no dejó de mirar la tele dando de tanto en tanto, uno que otro manotazo para alejar a los insectos.
¡Pero qué pasa! -exclamé asustado. Elena seguía viendo la tele cuando comenzamos a flotar con todo lo que había en la pieza y, a nuestro alrededor, las sillas, la mesa, el televisor, al que se asió con fuerza Elena para no perder un minuto de su programilla favorito y yo, pataleando cabeza abajo y mi esposa aferrada al velador que también se pone a volar. Le grito desde una esquina del techo. [29]
-Hay que despertarle a la hija, hay que despertarle a la hija- demasiado tarde. Entramos a girar en un remolino que nos acerca a su vórtice y me veo despedazado en miles de partes repetidas que se mezclan con los ladrillos de la casa, las tejas del techo, los pisos, las puertas cerradas, que son arrancadas con violencia, aumentando la furia de la tempestad e inundando el ambiente con el aliento pútrido de su encerrona, y, a través de los marcos, desencajados y pálidos, tengo tiempo de ver los rostros de los tíos y las tías sentados en sus féretros desteñidos, cubiertos de telaraña y polvillo, observándome un segundo, ojerosos e impávidos, antes de ser también absorbidos por el torbellino y ya no sé dónde están las realidades y donde las ilusiones al divisar, en el fondo del abismo, a mi hija chica que sonríe dulcemente a sus sueños de los cuales, ahora entiendo, entraremos a formar parte definitivamente.
P.S.
Ayer pasé por enfrente de la casa de nuestros vecinos y me pareció raro que la puerta cancel estuviera cerrada con el pasador de hierro, echado por fuera y un candado viejo y mohoso. No sabía que hubieran salido de viaje, a pesar que no les veía más desde hace dos o tres días. [30] [31]



era que se esconde con su marido allí en Bella Vista, porque no ha de ser buena pieza si le trae a vivir así.
A causa de la creciente, los alrededores están llenos de alimañas, muchas de las cuales son aprovechadas por los ribereños para comer.
- Aní re pokó la bicho kuera – le dice la mujer a sus hijos – pero a la nena no le interesa, tiene los ojos fijos en una cucaracha regordeta que sube morosa por una de las tablas de la pared. La mira y sonríe.
- Anivé Catora - grita la madre al entrar al cuarto, pero ya es tarde. La puntería de la niña es infalible y el animalejo pende aplastado contra el tablón de lo que fue la cabeza y recoge bajo el cuerpo reventado las patas de atrás, antes de desplomarse inerte sobre el suelo de barro apisonado que sirve de piso del rancho.

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